The Cure: un último álbum para no envejecer en silencio
Songs of a Lost World no pide permiso a las nuevas generaciones. Les habla igual.
El regreso de The Cure no suena a merchandising de legado. Suena a alguien que todavía tiene algo que perder. Robert Smith canta la edad sin disfrazarla de sabiduría barata: hay duelo, hay gravidez, hay una producción que deja espacio al eco.
El pop sombrío nunca fue un nicho. Fue una forma de decir la verdad con melodía.
Lo notable es la audiencia. No solo quienes estuvieron en los ochenta. También quienes llegaron por una camiseta, un algoritmo o un corazón roto a los diecinueve y descubrieron que la banda no era un disfraz, era un idioma.
En el margen
Songs of a Lost World funciona porque no intenta rejuvenecer. Acepta el tiempo y, al aceptarlo, se vuelve contemporáneo. Es una lección que otras escenas —obsesionadas con parecer nuevas— deberían copiar con más pudor.
Ponerlo de noche, alto, es recordar que el pop sombrío nunca fue un nicho. Fue una forma de decir la verdad con melodía.
Iván Cano
Smith no pide permiso y por eso funciona.
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